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EL DÍA QUE EL TOLEDO SE LLEVÓ EL BRONCE
Domingo, 28 de Junio de 1992. El algecirismo sufre un palo durísimo en esta fecha. Bastaba que el primer equipo albirrojo ganase al Toledo en la última jornada de la liguilla de ascenso a Segunda B pero… fue incapaz de hacerlo. El Toledo, entrenado por Emilio Cruz, aguantó el 0-0 que necesitaba para dar el salto de categoría jugando con un hombre menos durante muchos minutos del partido y ante un viejo El Mirador prácticamente lleno. Fue el triste colofón a una temporada en la que un Algeciras con jugadores y entrenadores de la casa hizo un papel bastante interesante.
El Algeciras CF de la Liga 1991/ 92 fue un equipo de estrenos. El empresario Manuel Ortega llegó a la presidencia del club tras la etapa de Juan Gandiaga. Y, para jugar en el grupo X de Tercera división, se acudió a la fórmula de confiar en jugadores de la casa con ciertos retoques foráneos. El equipo comenzó entrenado por José Antonio Asián, que vivía una nueva experiencia albirroja tras no haber podido evitar el descenso de la 88/ 89.
Fue el Algeciras de los Carlos Villa, Pepito, Eladio, Miguel Rull, Diego Pérez ‘Yiyi’, Jose Mateo, el goleador Julio Cabello… Aquel bloque estaba bastante bien apuntalado, en la defensa, por el brasileño Da Silva y el zaguero algecireño Javier Huertas y, en ataque, por el punta jerezano Paco Selma, un atacante irregular pero que aportaba un plus de experiencia.
La Liga comenzó el 1 de septiembre de 1991 con un Algeciras-Cádiz B que se disputó en El Mirador. El conjunto levantó expectativas desde el principio gracias a una goleada de sustancia (6-1). El tanto cadista fue obra del algecireño Juan Antonio García León. De aquella temporada se recuerdan varios partidos que, a la postre, resultarían claves. Por ejemplo un Algeciras-Écija que supuso la primera derrota albirroja de la temporada (1-3) y no llegaría hasta la novena jornada del campeonato. Aquel choque estuvo salpicado de incidentes, con constantes enfrentamientos entre el entrenador Paco Chaparro y policías y aficionados, un arbitraje polémico… Los astigitanos, que también acabarían clasificándose para la liguilla, superaron con claridad a los locales.
Hay una imagen de aquella tarde en la que puede verse a Julio Cabello pidiendo calma a los aficionados de tribuna para que los jugadores del Écija Balompié tomasen el túnel de vestuarios sin problemas.
Otra buena racha
El Algeciras perdió 4 partidos en las primeras 15 jornadas. Pero, según cuentan las crónicas, la directiva no estaba del todo contenta con la marcha del equipo y aprovechó una derrota en Montilla (1-0) para cesar a José Antonio Asián. Ortega contrató para su banquillo a un mito del algecirismo, el ex internacional Juan López Hita, que contó con Antonio Ocaña como segundo.
La dinámica de disciplina y tesón de Hita le dio resultado en aquel ejercicio liguero y bajo aquellas circunstancias. El Algeciras estuvo 16 jornadas sin conocer la derrota. No cayó hasta el 11 de abril de 1992, día en el que perdió en casa ante el Sevilla Atlético (1-2). El filial hispalense sería otro de los bloques que se ganarían el pasaporte para la fase de ascenso. Pese a algún otro tropiezo, las rachas albirrojas bajo las batutas de Asián e Hita acabaron con el Algeciras en la ansiada liguilla, un escalón al que también accedió el San Roque de Lepe.
La liguilla
El sorteo de liguilla no deparó suerte al Algeciras CF. El ‘coco’ de aquella fase era a priori el Club Deportivo Toledo. Y le tocó a los albirrojos, que además compartieron fortuna con Moralo y Mármol Macael. El Toledo, que acabaría ascendiendo, era un equipo fortísimo, en el que jugaba Oscar Engonga, un hermano del famoso futbolista Vicente Engonga, y un guardameta de apellido Villalvilla que dio a su club el salto de categoría gracias a actuaciones memorables como la que desplegó en el último encuentro de El Mirador.
El Toledo, además, tenía una ‘vieja’ cuenta pendiente con el Campo de Gibraltar. Los castellano-manchegos habían militado en Tercera y se veían en una liguilla porque el 12 de mayo de 1991, un año antes, habían confirmado su descenso en el Municipal tras perder 3-1 frente a la Real Balompédica Linense.
Así las cosas, el Algeciras goleó al Moralo (4-0) en la primera cita de la liguilla (30/5/92). Un golazo del fino centrocampista Sergio Reginfo, que regateó a cuantos contrarios le salieron al paso desde la medular, marcó el choque. Los de Hita empezaron después a complicarse la existencia. Empataron a tres en Macael y no fueron capaces de superar a los almerienses en El Mirador (0-0). El Algeciras igualó en la jornada siguiente en Navalmoral de la Mata (0-0) y todo quedaba pendiente para los dos últimos partidos con el Toledo, el favorito del grupo. En el estadio toledano del Salto del Caballo, el Algeciras, que tanto había empatado, cayó 1-0 y el portero portuense Otero evitó incluso una goleada. El ascenso comenzaba a escaparse.
La tragedia deportiva
Todo quedaba pendiente para el 28 de junio de 1992. Una vez más, un encuentro decisivo para el futuro coincidiendo con la Feria Real, que tantas veces ha servido al Algeciras para festejar por todo lo alto o ahogar penas a la sombra de Las Palomas. Esta vez fue más bien lo segundo. Basta con recoger las declaraciones del técnico local tras el pitido final del valenciano Valero Gómez para imaginar lo que pasó en el partido. Hita dijo: “A Villalvilla hay que ponerle dos velas”, en clara referencia a la actuación decisiva que tuvo el meta toledano.
El Algeciras, en realidad,
jugó aquel duelo muy nervioso y presionado, como no podía ser
de otra forma. Pesó, y mucho, la experiencia, el oficio y el aplomo
de un Toledo perfectamente posicionado en el terreno de juego. Los de Cruz
no se inmutaron ni por el impresionante calor ni por quedarse con un jugador
menos. Los minutos pasaban y sólo dos acciones puntuales pusieron en
riesgo el ascenso toledano. Una fue un gol anulado de Julio Cabello del que
el colegiado dijo a la prensa: “El fuera de juego era clarísimo”.
Y la otra, muy brillante, un auténtico trallazo del zaguero Javi Huertas
que Villalvilla despejó con una parada espectacular. El 0-0 dio paso
a una profunda decepción, con las clásicas acusaciones de algunos
aficionados -achacables más a los nervios que a otra cosa- centradas
en que ciertos jugadores no habían querido ascender. Las lágrimas
del cancerbero Otero, uno de los albirrojos más carismáticos
de aquella temporada, reflejaron más bien todo lo contrario. En fin.
Tocaba, una vez más, empezar de nuevo.